Una mañana triste me miró con sus ojos cristalinos y me susurró al oído que volviera y obedecí.
Sin darme cuenta me encontraba como antes, feliz de estar triste, con un ligero peso en el pecho y una insistente lágrima deseosa de irritar mis mejillas.
Te lo agradezco.
Nunca había estado tan feliz de estar triste como hoy lo estoy.
Porque es una tristeza distinta, es la tristeza de ayer, esa que me alimentaba y que creaba atmósferas que, a fin de cuenta, eran bellas, agridulces.
Gracias por lograr mi tristeza pasada y permitirme abandonar esa desesperación y frustración que conocí luego de aquella efímera felicidad.
Gracias a ti he vuelto, aunque en realidad, carece de importancia.